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Concepción, Bio Bio, Chile
Abogado. Maestro en Teorías Críticas del Derecho. Doctor en Derecho en DDHH y Desarrollo.

domingo, 23 de febrero de 2014

METODOLOGÍAS.

Una metodología emancipadora no es un método ni un modo, es una producción de estrategias abiertas y en movimiento, de conexión de experiencia y saber. En tanto que el método es un conjunto de pasos siempre establecidos en un mismo orden, en una secuencia de procedimiento que transforma esa ritualidad en un orden que describe su resultado en términos de idealidad y de objetividad, una metodología es un proceso abierto, articulable, inflexivo y recursivo, capaz de ordenarse y buscar su uso y potencialidad flexiblemente dependiendo del contexto y del grupo con el que se participa en la generación de su proceso de comprensión, aprendizaje y construcción de respuestas.
            De esta forma una metodología de apertura no repite sus pasos mecánicamente sino que juega con sus pasos probando su eficacia en su ejercicio. Una metodología emancipadora se instala precisamente en el espacio del juego en cuento entiende que es en su movimiento donde radica su propia clave, toda vez que “el juego es la búsqueda del método, la construcción grupal o individual de una forma posible de llegar a lo que se busca” (.Scheines. 1998. 22-23), lo que incluso para el investigador individual es esencial recordar, ya que en el juego nunca se está sólo ni fuera.
            Una metodología del movimiento es un proceso de apertura, se propone respuestas transitorias y generación de mecanismos de revisión y reposición de los escenarios. Especialmente importante resulta esta posibilidad de revisión y replanteamiento de los problemas en su evolución en el tiempo para aquellas investigaciones, acciones y trabajos de generación, defensa o constitución de derechos. No hay lo definitivo ni hay una ley de verdad o norma que pueda cerrar definitivamente un estado social como un estado consolidado, hay estados plurales a descubrir y a producir y esa es tanto el camino como el objetivo de una metodología de apertura. Contra el cierre de los procesos las metodologías de apertura proponen una nueva lógica: “A una lógica del orden, oponen una lógica de lo contradictorio y la incertidumbre” (Balandier. 1988. 131).
            Una metodología integradora se construye a  partir de sus propias experiencias y saca lecciones provisorias de ellas. Para éste tipo de metodologías el aprendizaje es fundamental, es parte del mismo procedimiento, es su potencial y su riqueza.
            Para el investigador su participación es, a la vez que de un analista, la de un mediador, de un interventor comprometido parte del proceso y se involucra en él, que saca lecciones de su experiencia, las acumula, las reordena, trabaja no por imposición sino por memoria activa, homologando en un proceso de prueba constante su validación posible en la actualidad de los conocimientos pasados. Cuando incorporamos la necesidad de no partir de supuestos abstractos ni dar por sentadas verdades sino que hacer visible lo real, eso está basado en un largo trabajo de campo con actores sociales en busca de develar su verdadero contexto.
            Así por ejemplo trabajando con jóvenes de sectores marginales en busca de cual situación material podía servir de base para reconocer su necesidad más demandada el trabajo con grupos nos develó que reclamaban de los adultos sobre todo intimidad; viviendo en espacios hacinados su reclamo no era de carácter sexual sino relacionado a su espacio de autonomía y comunicación, lo que los obligaba a salir a la calle. Trabajando con mujeres que sufrían de violencia intrafamiliar descubrimos que resultó fundamental mostrarles como el suyo personal era un problema colectivo y no individual. En educación a líderes sindicales descubrir las diferencias y semejanzas entre los diferentes tipos de trabajos permitió por un lado obtener una mejor definición de las necesidades de información de los diferentes grupos (retail, trabajadores independientes, de servicios públicos, manufacturas) y por otra hacer que descubriesen entre ellos que debían buscar formas diferentes de interactuar que pensar eran todos lo mismo; en apoyo a sindicatos para desarrollar estrategias de defensa de derechos, al cruzar la línea de producción con la estructura de jerarquías de las jefaturas permitió saber donde se producían los principales conflictos y a que lógica respondían.
            De la acumulación, organización y reorganización de esas experiencias se fue construyendo la idea de que era imprescindible mostrar y compartir esa base de realidad común y que el proceso de encuentro y emocionalidad de los sujetos era esencial para producir interacciones nuevas.
            Pero adicionalmente en estos procesos de interacción colectivos que constituye en trabajo de problemas sociales, la educación en su sentido no bancario resulta fundamental, para que el proceso de mirada de los afectados no se cierre sino que se abra a su contexto y a la experiencia de que es posible cambiar los estados sociales, “porque hablar de un proceso educativos es hablar de una forma específica de adquirir conocimientos, y el crear y recrear el conocimiento, es un proceso que implica una concepción metodológica a través de la cual este proceso se desarrolla” (CIDE. 1987. 4); y esos conocimientos sistematizados y relacionados con el propio contexto producen un saber que empodera a los sujetos.
            Como sostenía Joaquín Herrera:

“El nivel “ejemplar” de la memoria nos permite servirnos de las injusticias sufridas en el pasado para combatirlas hoy en las formas que van adoptando en el presente. La memoria ejemplar da un nuevo sentido al combate contra las  desigualdades, al insertarlo en la evolución de la explotación del ser humano por el ser humano” (Herrera. 2005. 215).

            Por estas razones creativas, una metodología sistematizadora y creadora no parte de un sentido sino que se lo propone, lo produce. La realidad no es algo inmóvil que debe ser adecuado a las teorías, o forzadamente subsumida a las definiciones normativas, como en el derecho con los conflictos sociales, sino que es a la vez punto de partida pero esencialmente punto de llegada, de creación del proceso de asumir la realidad y transformarla: “el sentido no es nunca principio ni origen, es producto” (Deleuze. 2005. 103) Es esta idea de sentido que reemplaza a la verdad el gran salto de un saber/hacer no moderno ni liberal.
            Resulta en consecuencia acertado decir que una metodología como la que proponemos es una metodología de la potencia; pone tanto como objeto de su trabajo a la vez que como objetivo de su accionar que genere sujetos dueños de sí y creadores de sus condiciones de posibilidad; la dinámica (dynamis) que se opone a lo inmutable.
            Se trata finalmente de una metodología materialista y finalista. Materialista en su origen, su proceso y su punto de llegada, porque parte de la realidad material, se desarrolla en su conocimiento y en su análisis, en aprender y aprehender de ella y en volver a las relaciones e interacciones efectivas para su transformación. Y finalista por que se propone desde un inicio la satisfacción de las necesidades humanas y se orienta a ese objetivo y no a una noción de orden que desplaza esa satisfacción a una razón abstracta de tiempo y sentido.           
            Lo anterior nos lleva nuevamente al ejercicio de la metodología, del pensar, del hacer y del crear, y a la permanente dificultad de aplicar sobre ese ejercicio las acciones necesarios para que devenga en una práctica de sentido y no en una repetición de métodos modernos por abstracción. Para aterrizar en las tareas políticas y prácticas que emanan de nuestra apuesta y que derivan de ellas, tres pistas de futuro pueden ayudarnos:
            Primero, estas prácticas de pensar/hacer/saber requieren un constante  sentido profanador. Como recuerda Agamben profanar significa no solo abolir las prohibiciones sino hacer de ellas un nuevo uso, jugar con ellas. “La creación de un nuevo uso, es, así, posible para el hombre solamente desactivando un viejo uso, volviéndolo inoperante” (Agamben. 2005. 112). La acción metodológica se dirige a la tarea de recuperar, para las mayorías, continuamente, el uso común de las cosas.
            Segundo, contra el pensamiento des-subjetivante de la técnica moderna, su sentido abstracto la verdad y la realidad, contra el pensamiento único que pretende que esa respuesta abstracta y técnica es la única respuesta posible y limita la creación a los límites del orden, el pensar/hacer/ saber requiere siempre de luchar contra la uniformidad y recuperar la pluralidad de las respuestas.

            Tercero, el método de ejercicio de lo común comienza en la proposición del sí individual y colectivo, articulado; en voluntad de poder aplicada, en la interacción y en el habitar del entorno, en su reapropiación y su cuidado. El modo del método es la acción directa.

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